Las Mirlas y el Cerezo - Los Rostros del Silencio

 

Los Rostros del Silencio

Caída Áurea del Segundo Consejo de Jolar en Bosquegrís

En Otero Zarco del Yermo Petizo

 

Decidí abandonar Otero Zarco después del estío. Concentré mis esfuerzos a lo largo del verano en reunir fondos para mi decidida excursión, después de todo, atravesar el Yermo en los exordios del otoño previos a la caída es enfrentarse a la inclemente desolación de un nuevo ciclo temporal. Los árboles marianos anticipaban la muerte de sus ramas, los campos de grano deslumbraban la desnudez de sus cultivos. La moneda en el pueblo me concedió la libertad de morar y las codornices que infestan el Bosque Crespo nutrieron mi dieta acostumbrada a la ligereza. Cazar a las aves en verano significa una práctica provechosa puesto que son resguardo del apetito después de las caídas, cuando la nieve baja de las montañas y se sienta sobre la pradera. A falta de sabuesos Otero Zarco recae en sus figuras más dadas para perseguir a las ligeras criaturas, y qué hombre más atlético que uno de sillón y biblioteca. Mis hermanos de jornal, mujeres y hombres cuyas agilidades cazadoras abundan, disponen de medianos intervalos en los que cesan sus oficios de talla, mina, pesca y cría para divertir sus cuerpos: la estrategia de persecución es un pellizco de espíritu, los cuernos de carga son silenciados por el trote raso del sigilo, las heridas del combate son retazos de arcilla y tierra sobre las desprendidas camisas. En los morenos cueros de sus pieles se filtra el rocío de sus ancestros, esa valentía domadora de paisajes destella en la manera como riman con el bosque. Unos bailan y se escabullen entre el follaje, otros trepan los álamos con destreza sosteniendo las trampas para acorralar las huestes aladas. Chiflan y soplan el viento para no sonar ajenos, su música es ciega para las aves que inocentes perecen bajo su mandato. Saben cuáles partes del fuste hacer sonar para avisar bajo la arboleda el sitio para atrapar sus presas, luego se dejan caer apoyando bordones sobre el suelo, y como si montaran los aires, sus camisones aletean por el bosque como nubes que cabalgan en la tierra. Intentaba moverme como ellos, engañándome con instantes de torpeza ocultos bajo la holgura de mis prendas. Una tarde descubrí que como cazador era un buen cronista: me dediqué a desprender el plumaje de la carne, mis hermanos disfrutaban sentarse cerca, conversar y quizá molestarse por alguna fuga en su estrategia. Aportaba ocasionalmente con algún detalle dado por alto, alguna redundancia que no veía resuelta en la caza. Esa tarde Feltro, un muchacho alfarero ocupado de hacer las trampas quiso acompañar a su amiga Demne, zagal de un pastor de grenúles, a avistar sobre un ramal. No bastó la concordia de su amistad para sostener su peso en el mismo brazo del árbol y este se quebró, espantando a una docena de aves. Los amigos, caídos de bruces y golpeados en sus ánimos, fueron blanco de palmadas y sermones, del procaz murmullo de sus hermanos enfadados. Cabizbajos, fueron ordenados a desplumar a las aves -labor que hasta entonces no creía que fuera tan baja- y se sentaron al lado mío. Les dije a ambos que era hora de que el bosque les tendiera una trampa, no para hacerles mal, si no para que escogieran dedicarse a enredar las sogas, atar los mimbres y aprender mutuamente de la arcilla rojiza y del hueso del grenúl. -El bosque es mejor estratega que cualquier oteruno- concluí -sabe cuál rama aflojar y cuál desprender, cuál sirve de atalaya y cuál se abre a los nidos-. Ambos rieron y dijeron que les parecía graciosa mi perspectiva sobre su fracaso. No sé de qué forma abrazaron mis palabras, pero ciertamente les brindaron cobijo. -Del árbol cayeron, ni cuenta se dieron, que el bosque les decía “conozcan el suelo”- cantó una voz. Lo que el bosque pretende es cuestión de que se junten en el mejor lugar. Esta hazaña decorada cual cuento muchachil hizo más amena mi presencia. Les inspiró el movimiento del relato y comenzaron a chiflar con una dulzura inspiradora: las grandes manos de los hombres hacían cualquier animal con sus dedos, agarraban sus labios y aspiraban, enroscaban sus lenguas y hacían cuevas con sus palmas calludas. Las mujeres de manera más hábil recurrían al canto cerril pero arrullador de su música, un lamento dedicado a lo que ya no es, ahora entregado a la excepción de una sonrisa. Aplaudían a mis palabras ahora convertidas en melodías más grandes, en ritmos que no escuchaba dentro de mi pero que ahora encontraba de frente y todo en un suspiro infinito tuvo sentido. Todo se desvaneció, vi sus rostros bailando todavía alegres, ahora sin la música. Vi también en sus ojos el legado inmortal de un pueblo determinado, un reflejo en el lagrimal de una sombra dispuesta allí por el paso del tiempo, un abismo del que se puede dejar de pensar más no se puede dejar de mirar. Regresó el día, el sudor, la marca que hacían las mangas en mis antebrazos, el tamboreo improvisado de un tocón, las armonías y finalmente el color de sus ojos. Hijos de otros hijos, ¿qué es propio y qué pertenece al Yermo? Los días no se detuvieron y mis hermanos seguían atrapando codornices, cantábamos y esperaban de mí esa particular mirada ajena a la oteruna, en la que se pierden las bisagras del portón de lo común.

Escribir se ha convertido en otro tipo de caza, en una persecución eterna por las palabras correctas en el orden preciso. Se han convertido en presas escurridizas, pero cuando logro hacerme con una sola la niebla parece disiparse: todo un laberinto cuya salida se encontraba en otro lugar. En el pueblo hecho acertijo busco algún indicio que no sé encontrar, el tamaño de la luz parece adelgazar cada vez más. Las historias del pueblo parecen darse por sentado, para los oterunos los puentes de piedra tienen la misma edad que el río que atraviesan y la angustia ermitaña de los orígenes de cualquier cosa no parece ser un clamor terreno. Las personas con valentía para fascinarse por lo ya acontecido somos una ínfima minoría, y la cantidad se encoje cuando pensamos en cuestionarlo. ¿Qué es eso tan bello en lo que no podemos retornar? Cuando el Zorro Paramuno les concedió un deseo a las hermanas Gorrión, Terenata Gorrión no dudó en convertirse en ardilo para sangrar sus hojas y volver a nacer. Su hermana Verdial Gorrión por otro lado escogió vivir ese mismo día para desear algo distinto por siempre. Si me encontrara al Zorro Paramuno desearía algo similar al destino de Verdial Gorrión, pero escogería crecer con quienes poblaron esta tierra. Crecer en tierras distintas y anhelar lo ajeno es una fortuna similar que aspirar habitar lo ya ocurrido, soy pastor de Verdiales confundidas en instantes fijos, un eterno pastizal. De Otero Zarco puedo decir que su verano canta, que su canción comenzó hace tanto que los oídos locales malagradecidos buscan otros ruidos. Quizá ocurra como en mi caso que vi en otro paisaje una canción más hermosa, un tiempo detenido. Sus ojos los delatan, son esos frutos que germinaron tras incontables caídas, después de haber sido transportados en las bocas silentes de los colonos grises, semillas de plantas como las que crecen entre las grietas del adoquín. Otero Zarco fue donde más claro escuché su canción, donde más fácil pude imaginar el crecimiento de sus murallas, de sus caminos, las crecientes y las sequías del río, el vaivén de las personas y las caídas.

El verano también fue una oportunidad para aventurarme con detenimiento en la cuenca del Hidalgo, su arroyo el Yotre, su nacimiento en la Sierra Calva, los frágiles peces que nadaban hacia sus tumbas de lino, la suciedad que se desprendía de los abrigos de lana, las caravanas mercantes del sur hinchadas de reliquias marinas, los jinetes oterunos sobre las adornadas mulas, y los campesinos de los campos de Brisas. Después de cazar íbamos con mis hermanos de jornal a cantar al puente de piedra entre Otero Zarco y su comarca, donde anidaba Lenteja; un joven merecido, tonto pero sagaz, que frecuentaba el lugar. Su figura descalza y rolliza asechaba las orillas, saludaba a quienes se dirigían intramuros como si se trátase de su mansión y a quienes la dejaban les concedía la imaginaria licencia para que pudieran volverla a visitar. Lenteja no conocía el oficio labrador pero si fuese artesano lo sería de la broma fácil, su desconocimiento de cualquier forma de intelecto o labranza lo hacía rey en su propio delirio. Más no era loco, ni presagiaba el fin de los tiempos, ni hipnotizaba a las jóvenes del lugar para perderse en su lujuria. Miraba los meandros del río sobre los balaustres del puente mientras orinaba, se reía a solas y buscaba la atención de la gente retorciendo sus piernas detrás de la nuca, se hacía daño con algún espinal y gritaba estruendosamente. Tropezaba al andar ebrio de hurras y ofrendas de amargos licores, solitario entre la multitud. No puedo explicar el desprecio que sentía hacia él, hacia la compasión local a semejante criatura, de la simpatía amarga por esa desgracia de verle. Un hombre gozando de aliento que lo maltrata con su solo acto de estar. Su figura era común a lo largo del día y no acostumbraba ir seguido a su aldea -mientras hubiese público para sus andanzas-. Desde mi ventana lo podía distinguir jugando con ranas en el banco del Hidalgo, una mosca en el mural que pintaba el atardecer. Al norte de Bosquegrís solía acampar una figura similar, un anciano que vivía recluido en una cabaña solitaria encaramada entre dos abetos, cargaba lombrices en sus bolsillos y arrastraba un pie cojo por donde fuera. Nunca supe quien era detrás de esa fachada, pero viendo a Lenteja comienzo a entender que quizá hay personas tan desentendidas con lo que supera su mirar que no encuentran más remedio que perderse dentro de sí.  

Una noche callada Lenteja escarbaba la grava del costado norte del Yotre, acompañado de su desgastada mueca. Entre el arrullo de las aguas del río, un tranquilo roce del pasto a sus espaldas crecía lentamente. La imagen de algún grenúl extraviado o una codorniz distrae los miedos, me atrevo a pensar que Lenteja se dejó llevar por la tranquilidad de su mollera. Un guarda del puente escuchó un alarido que se alejaba de una acostumbrada broma del joven. Al llegar a socorrerlo se encontró con la ruina de un rostro roída por la palidez del miedo; Lenteja, empapado en las aguas del Yotre gritaba con la voz desgarrada, con un desconsuelo tan grande que apenas bastaba la grandeza del Yermo para cubrirlo. Al intentar ayudarle, el guardia divisó detrás del ajetreo una sombra entre el follaje; de cuatro patas cual lobo, pero bicéfalo como ninguna criatura que alguna vez se ha visto, con un mirar carmesí lo atravesó para después desaparecer en la penumbra. Lenteja resolvió en la cúspide del horror lanzarse al río desde su acostumbrado balaustre, pero una rápida reacción del centinela los sentenció a sufrir el temor en la cornisa. Ileso y sin tener marca alguna sobre su carne, las cicatrices del encuentro trazaron marcas en el hombre, en su bulla estresada, en su mirar quebrantado. No hubo molestia ni algarabía en el pueblo a pesar de la escena nocturna, no hubo vela encendida o niño inquieto por el ruido, nadie se asomó por los balcones para indagar o siquiera por casualidad hubo algún borracho desamparado. Por azar estuvo el guardia y quizá porque así lo quiso la luna esa noche, por azar no hubo nadie más. Cuenta el guardia que le ofreció cobijo y alimento, pero no hubo señal que su estado desfalleciera. Los intentos por hacer que Lenteja recobrara la compostura fueron en vano. La noche pudo haber durado más que las anteriores.

Al amanecer, mis hermanos de jornal se enteraron de lo ocurrido por cuenta del guardia. Lenteja se encontraba atado de manos a una asta en la cima de una colina al otro lado del río, sin hablar. Escépticos, a carcajadas apuntaron hacia el joven anudado y una vez allí ladraron como animales, le arrojaron tierra con ansias de una jocosa o torpe respuesta: tan solo obtuvieron el desinteresado pasar del viento. Para sorpresa nuestra, las aves del bosque no huyeron con la supuesta aparición de la bestia la noche anterior, los nidos arropaban las diminutas cáscaras manchadas sin rastro de algún predador que no fuera la mano oteruna. Acabada la caza, el joven atado a la estaca seguía coronando la colina, sin palabras fugadas siquiera por equivocación. No me apena reconocer que encontraba tranquilidad en su rigidez, pero sentía en las manos un atisbo de pesar: un campesino sometido al escarnio de la mudez, pero también al flagelo de su hablado simple. Pensé en Melías, en el regalo soberano del talento, el escurrido intelecto que se manifiesta en los pocos y que son pocos también quienes son privados de esa genialidad, esperando a ser amarrados a una asta en la colina. Ese día Lenteja parecía ser uno más con la silueta del paisaje, una forma más en una quietud imperecedera. El mundo siguió su curso, quienes no dormimos la noche anterior veíamos sin molestia otra jornada más de verano, otro recorrido de las sombras por el suelo, otra caza despreocupada, otro estofado de legumbres, las quejas de niños inquietos que jugaban a ser como el tonto amarrado. No pensé en acercarme a hablar, a preguntarle lo que había pasado. La tarde se precipitó sobre esa silueta plebeya, mientras todos regresábamos intramuros decidí voltear para verle arrodillarse lentamente, supongo que con tal de poder descansar el peso del todo. La mañana siguiente cuando cruzaba el puente de piedra al norte de Otero Zarco vi el amarradero desnudo. No ocupé la imaginación con el posible paradero de Lenteja, el guarda que lo había acompañado la noche de su delirio lo soltó y aún mudo, el joven caminó hacia el norte en la ceguera de la noche.

Las preparaciones para el viaje eran inminentes. Reuní mis folios en un cartapacio como el que portaba el jinete que alguna vez custodiaba las colinas en Mulas de Arreo, y quizá -sin buscar igualar su propósito- me encaminaba para enseñarle a Melías un horizonte distinto. Planeé detenerme ahí antes de subir la montaña, deseaba habitar el lugar donde la imaginación campesina logró dotar a las mulas de crías propias, donde la margen del Yermo cubre la aldea con una niebla que ofusca un futuro distinto, el cruce por el cual hacía ya incontables caídas tímidamente recorrieron los antepasados de estas gentes para nutrir el páramo. En una personal poesía quise emprender mi viaje a lomo de mula, empero la fría ironía del otoño quiso que lo iniciara a pie. Tendría que detenerme primero en la aldea madre de Lenteja, la prospera vecina de Otero Zarco en el piedemonte de la Sierra Calva al norte del Hidalgo, cuyo paisaje pude disfrutar antes de esta caída cuando el sol perduraba en la corona del cielo. Una vez decidido el rumbo me despedí de mis hermanos de jornal.

Zote, madre ancha de la caza veraniega, organizó una velada la noche previa a mi partida. No estoy seguro si era costumbre despedir una travesía con una cena, o un agradecimiento que fuese respondido con una ofrenda, pero al foráneo se le recibe con plenitud: el trato extraño del cobijo sencillo de una familia extensa, de fraternidades sobreentendidas hijas del seno del trabajo. La anciana Zote era de un pasado más reciente, cada anécdota reemplazaba un cabello gris, conocía el Bosque Crespo, cada árbol talado, cada sendero, los tipos de flores que crecían en primavera y las voces del río cuando cae la noche. El vientre se sale de su cuerpo y abraza con desinterés, sus hijos -como les llamaba a mis hermanos de jornal- veneran la discreta sabiduría de sus años, aman el cobijo de la matrona y la honran cantándole:

“Dulce Madre ¿Puedes oír el llanto de tu gente? Del Hidalgo brotan sonrisas, al salir perderán. Dulce Madre, el calor de tu mirar, ahuyenta las penas, no volverán”

Al volverse oscuro, la colina que con estático orgullo lucía la estaca fue adecuada para la ocasión: un par de bancos cubiertos con un patrón de fibras sirvieron de trono comunero para Zote y para mí, cuatro alfombrillas tendidas en el piso separaban a mis hermanos de su acostumbrado suelo, en el centro se dispuso una pequeña brasa que se batía en la vigía de la noche. Hablaban entre sí, extrañamente el canto se ausentó de sus voces, tan solo guardaban distancia conmigo así que aguardé la razón del encuentro. El escritor en Otero Zarco vive de una fama grandiosa, aunque la lectura sea reservada para señores de estancia, oficiales mercantes de gremios, músicas de varilla o viento, y ancianos patrones que ven en ella la fantasía del devaneo, el hormigueo del naufragio, el capricho del engaño. Los poetas que han dibujado las tierras lo han hecho desde el bautizo del color, pero aquel que trace un risco nuevo, o un desierto donde haya ríos, se convierte en artesano de lo indescriptible. Los oterunos me acogieron como a un hijo del páramo, creyentes en la mágica grafía posaron para un retrato espectacular, esperando a que captara sus instantes de mundo. Escondido, apenado, tuve que disfrazar mis intenciones: buscaba por medio de ellos vestigios de sus antiguos, en sus muros los trazos que buscaban sepultar, en sus repisas los libros coloreados del tinte de hojas secas, en el pueblo sus ruinas, en los rostros sus silencios. La escritura no es mi refugio, dejar constancia más bien trasciende el egoísmo, la uso como una razón; puedo ser yo y muchos por medio de las letras. No había descubierto nada propio de los colonos del Yermo, no existen diarios o crónicas, ni canciones, ni murallas, tan solo está la pradera, una vista que compartimos con ellos. Aunque la lengua no ha sido un contratiempo durante mi estadía, los detalles del habla indican un camino a mi anhelado pasado; la manera como los naturales describen los relieves, el agua del cielo y la que corre en los ríos, los colores del viento, la madurez de sus familias y el deceso de sus madres, son vínculos tan estrechos que ignorarlos es como dar por sentado que sueñan como yo. Pensé en la mudez de Lenteja, en su soledad, en el temor que raptó su voz, por cuantas palabras pueda conjurar aquí solo pueda invocarle siendo un tonto, pero un tonto que intentaba enseñarme algo; a ver a través de las sombras de su silencio, algo así como un colono en vida.

Desperté de mi discurso cuando vi que dos de mis hermanos venían de una covacha sobre la orilla cargando entre ambos un cofre. La caja guardaba un reposo inusual, lentamente los anillos de madera de la cubierta parecían invitarme a bailar en su danza inmóvil. Zote me ofreció el incógnito tesoro, con la condición de que debía ser abierto en las laderas de la Sierra Nevada al finalizar mi empresa hacia el norte. -De la noche surgió, es deber tuyo guiarle a la Vigía en la montaña- susurró la anciana antes de finalizar la velada. Solo tras un destello de valentía decidí aceptar la ofrenda, no veía como un obstáculo disfrazado de enigma se consideraba una cortesía, pero accedí como respuesta a su generosidad desprendida. De madera gruesa la caja no parece ser de algún madero cercano, las dimensiones del cofre guardan una suerte de engañosa levedad que invita a tratarla con delicadeza. Escribir se ha convertido a fin de cuentas en una conversación inconclusa que nunca termina, como si el Tomino de las páginas ocultase ese mundo que estoy tan dispuesto a mostrarle. ¡Qué dirían en Bosquegrís de un hijo suyo cuya batalla más sangrienta ha sido consigo mismo, el papel arrugado y la tinta en chorrero! Falta poco para el amanecer, descansaré hasta bien entrado el día y partiré hacia el norte. La caja me mira del otro lado de la habitación, las aves auguran el cielo en llamas. ¿Cómo arrastraré esta carga por el claro nocturno del Yermo?

 

Caída Áurea del Segundo Consejo de Jolar en Bosquegrís

En Brisas del Yermo Petizo

Al siguiente amanecer llegué a Brisas tras un día entero de caminar. Mis hermanos de jornal extendieron su mano en forma de una ligera carreta de pértigos cortos, a hombro halé el carruaje por el sendero de grava y lodo. Desde que llegué a Otero Zarco no había tenido la oportunidad de adentrarme tanto en sus campiñas, en una música que aparece en retiro cuando todo parece cobrar la complejidad de las voces: hay susurros entre los matorrales, recuerdos de una vida que parece tan lejana y distinta que pareciera que le pertenece a alguien más, una deuda sonámbula que cuelga como un collar de cadenas. El cofre de Zote brincaba en la arqueta, repicaba entusiasta como si tuviese una voluntad animal, de todas las voces era la que lentamente me impacientaba. La luz escapaba por los pastizales y me abandonaba con la melodía de su ausencia. El Yermo es tranquilo bajo la oscuridad del cielo, recorre la descubierta estepa el rumor de la soledad. Cuando el azul rebota en el claro como un relumbre de plata en el reino nocturno, uno alcanza a rozar con ojo cerrado los ruidos del herbazal, los enfrentamientos de las nubes, el eco de lo que fue. Ese escalón entre la pesadez del párpado y la libertad de los farallones del sueño no es tan ancho, sin embargo nunca he visto las curvas del páramo ni las aves de su cielo, las pesadillas cubren esos límites de la imaginación: soy un hombre temeroso, he buscado alivios para fraguar una coraza que dé frente a lo desconocido, pero es esa aversión a lo que no tiene nombre que inspira mi misión por adentrarme en el espeso desconcierto, de maravillarme, de cortejar con la oportunidad de ver el mundo por primera vez. Es rumor entre los campesinos briseños que al dormir habitamos el despertar de otras verdades, de campos simultáneos tan numerosos que podríamos soñar las caídas enteras que le restan al mundo y faltaría la oscura inmensidad por poder siquiera contemplar un final.

Mi última noche en Otero Zarco fue un vistazo a esas profundidades, a las sombras entre los anillos del cofre; En una cantera de piedra clara se alzaba un islote del cual brotaban las aguas de una laguna. Bajo este, nadaban en los quinientos pisos de profundidad hombres brutos de brazos gruesos, buscando hacer del agua la cortina entre sus pieles. Con vigor me sostuvieron hasta alcanzar la plataforma sostenida en el aire. En el centro yacía arruinado un altar de una roca distinta, sobre ella reposaba un manto oscuro de borde azur. La sombra vertía miel en su piel marrón, guardaba escondite tras las grandes hojas y todo parecía colmado de espera. El verde cubrió la luz, dejando a la vista tan solo un ojo mío y los oscuros labios del delirio que tuve en frente. Hubo paz, de esas últimas como las del bosque incendiado, y escuché a pocas el exterior. Ciertamente dudo de un equivalente en Nivoria en el que las lagunas se alcen y los hombres crezcan como hormigas, pero si conozco las sombrías ausencias, el néctar seductor con el que recubren sus alcances, el Yermo decidió contarme un tenebroso secreto en la mañana cuando emprendí el viaje y acertó en la diana. Al llegar el día en Brisas no hubo sueño que recordar salvo ciertas ráfagas del viento cual puñal. La luz retornaba con valentía a los campos que abandonó y con certeza les huiría despavorida más tarde. A cada sombra le corresponde una cobarde alborada.

No hubo rastro de Lenteja ni en el camino ni en su hogar. Las veinte familias que proveen a Brisas de trabajo, cultivo, tejado y ganado parecen indiferentes con la desaparición de su hijo; sin formar parte de su entramado engranaje supongo que agradecieron no conocer su paradero. Les conté tan solo de la última vez que lo vi, vagando hacia la Sierra Calva, pero el afán de descansar me impidió dar cuenta clara de su inusual marcha. El rumbo de Brisas siguió, sus molinos no pararon ni sus cultivos enfermaron, sus pedreras seguían robando a la Sierra y sus lugareños arando sus campos. Es una aldea serena, pese a su nombre solo la perturba la grandeza de la montaña y la música de su ladera.  La aldea cuenta con una posada amplia, de catres de cedro, suelo de caliza, un fogaril como de castillo en Bosquegrís, guisados de grenúl calientes, y un establo hediondo de heno y mula, lo único propio de la vida bucólica y el único lugar donde sueño con esa historia en la que Lenteja solo canta encimado en sus rejas. Los árboles me escogieron para durar en el mundo donde solo desapareció, verle sucumbir ante las sombras del olvido es encontrar los motivos de un ayer que desvaneció y un mañana que no fue, es contemplar la muerte del mal para rendirme ante los destellos de la luna, la que nos cubre a todos por igual, y quizá sobre algún pastizal pudo haber encontrado el reposo que tanto merecía.

Mi preocupación ya no eran ni las codornices ni las caminatas por la cuenca del río. Necesitaba de algún animal que arrastrara con vigor una carga que difícilmente llevé por un sendero tranquilo. El camino que tengo en frente requiere de un paso constante y de una preparación que amerite cruzar una región de clima adverso y de vago reconocimiento. Son las mulas las bestias más apropiadas para esta tierra: resistentes, dóciles y con la suficiente terquedad para seguir adelante, las mulas del Yermo han sido regalo de sus habitantes al mundo. En Brisas se encuentra un criadero de mulas de una escala modesta cuya empresa no se encoje de humildad. Un animal de criadero es una adquisición considerable, es un compromiso que nunca pensé que estuviese dispuesto a asumir: reuní en Otero Zarco lo suficiente para conseguir una capa de piel bordada hecha en Cumbre Montesina, ciudad textil al piedemonte opuesto de la Sierra Calva. La moneda entra en desuso en la profundidad del Yermo y el intercambio se convierte en el diálogo más comprensible. Conseguí por fin un animal para cruzar la pradera, el criador asegura que es una hembra descendiente de las primeras mulas traídas al mundo con la ayuda de la Sabia Denel en aquel renombrado caserío.

Joven, mansa, de pelambre blanco y grupas fuertes es una mula que me entristece, o sencillamente encuentro la belleza en su mirar. La capa sirvió de excusa para poder hacerme con una mula, toda una posesión señorial en el páramo. Las sogas de arreo son ornamentadas con floritura hecha con tirillas de linaza, de buen agarre y grosor el amarre es mi vinculo directo con las herencias del Yermo. Cual Helia, bautizar y escribir a la mula es un paso en la dirección más cálida. Pensé en llamarle Lenteja, pero reemplazaría la estadía del campesino. Resolví llamarla Carusa, pesuña agraciada del color de los picos de la Sierra y mansa cual rebaño pastoril.  Partiremos cuando la primera hoja del mariano en el asiento del mercado se separe de su ramaje y nos encaminaremos al camino del este, donde el adoquín es la más grande gracia en el lodazal del otoño y las pesuñas de las bestias el mejor andar. Carusa, la mula dócil, y Tomino, el aprendiz del Yermo, rumbo a la zozobra incierta bajo la incuestionable lluvia.


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