Las Mirlas y el Cerezo - La Pluma del Yermo
Caída Áurea del Segundo Consejo de Jolar en Bosquegrís
En Otero Zarco del Yermo Petizo
La
ancha espalda del Río Hidalgo se alcanza a distinguir desde Otero Zarco. El
incesante escurrir de sus aguas me invade la imaginación y creo escucharle
cuando el sueño opta por ausentarse. Los tiempos en el pueblo han sido un
oficio considerable; el aire que respiro ahora en el Yermo me recuerda a las
caídas autumnales en Bosquegrís, el aliento de su gente cesa antes de que se
esconda la luz, entonces las noches se convierten en el reino de las criaturas
del bosque. La noche abriga los arbustos y a los residentes de matojos y raíces
que gozan de la oscuridad, de la ausente mirada oteruna. No he podido
acostumbrarme a los roces en el bosque, al crepitar de la voz del verde, de
extraños cantos, chasquidos y bramidos del baile animal. He llegado a la
templanza de lo ajeno, soy forastero de lo conocido y lo oculto me desconoce.
El Yermo es un nombre que no es propio de esta tierra, es una palabra que
construye un escozor por esta parte del mundo, un color impropio que no le hace
justicia, una mirada que repudia lo que solo se ha podido sentir en lejanía.
Recuerdo la imagen con la que lo pensaba, de una hostilidad que amenazaba con
recorrerlo demasiado, como si corriera riesgo con solo perderme en la
imaginación. Los cronistas lo han descrito con severidad, la aspereza de sus
paisajes creados construyeron una tierra injustamente desprovista de vida, intentando
proyectar en estas tierras visiones heredadas de una anécdota misteriosa, cual
embrujo nocturno para un temeroso niño. Un par de caídas atrás, apenas crucé la
falda de la Sierra Nevada, me recibió un mundo que se continúa regando, en
cuyos rincones reposa un silencio que no sé si quisiera escuchar. Los vientos
que deshojan los ardilos me han traído a campos que alguna vez pisaron -así
como yo- por primera vez gente dispuesta a escuchar esta tierra. Los colonos
grises partieron de los entremontes poblados de abedules, de los cimientos
seguros de una ascendencia incontable, abandonaron sus murallas en roble seco y
se dirigieron al este, a pie descalzo por la resbaladiza pendiente de los
peñones donde siempre llueve. Cuesta arriba es una ruta dudosa para cualquier
persona en búsqueda de una nueva tierra, para cualquier familia en jirones que
la afronte, helos congelados en el tiempo, he aquí a los hijos de su
obstinación. Cuenta la tradición que cargaban en sus bocas las semillas de sus
plantas sin saber si las encontrarían en estas tierras; bellotas de alcornoque,
brotes de ceiba, retoños de crespos, asomes de legumbres y granos. De los
colonos nos queda la incertidumbre de la silueta de una hazaña enorme y el
florecer de sus esfuerzos en los países de esta tierra, nada más. Atravesé en
carroza el camino que labraron descalzos los colonos grises para dormir bajo el
mismo cielo y así desvelarme con los delirios que tenía en Bosquegrís al ser
más joven. En el Yermo no se sueña igual.
Escogí vivir
en una habitación amplia que se alza madero de hombre, entre el profundo verde
de las arboledas que rodean las murallas. El ventanal sin embargo da con un
agraciado regalo de esta tierra: frente al breve balcón se alza y dibuja la luz
del sol un árbol que corteja al edificio, lo peina la brisa y lo veneran
pájaros inciertos de pico cítrico y canto neutral. Viven enfrentados,
desgraciados, con nidos hechos añicos, silbando la guerra todos los días,
destinados a las caídas perpetuas de ardilos y marianos. Son mi compañía
matinal, de tintos y rojos, y lecturas, y sueños, y llantos, de tardes en vela
sin velo, con la cortina corrida están ahí; las mirlas y el cerezo. Me conmueve
cruzar el salón y ver al árbol, y escuchar, sentirles a ambos como un acápite.
El asecho de pensar en dejar escrita la huella que con tanto afán hemos
perseguido no le hace justicia al fenómeno de tenerles frente a mí. ¿Cómo
permitimos que solo existan en símbolos? Reclamo la condición de estar y lugar
de las aves y el árbol, con quienes solo he cruzado miradas: los desposeídos del
habla, de la anatomía, de la escritura y de la evidencia. ¿Para quién es esta burlesca
historia? ¿De qué sirve? La artesanía de cocer el hilo deshecho y enredado del
tiempo, el lugar y el sujeto conciernen más a quienes gozamos de aliento, al
presente, a quienes se convencen de las formas de hilar, de registrar el pasado.
La intriga por las aves nació con el imposible de abrir las alas y escapar,
siempre huir, cantarle al vacío sin sentir el escurrir del tiempo. Siendo niño
veía el cielo con añoranza, escarbaba la tierra y trepaba mi altura en los abedules
del campo, decapitaba tallos andando descalzo sin la angustia de preguntarme.
Somos herencias de preguntas, de quizás, colosales posibilidades que se
reproducen sin dudar, basta con ubicarnos en la sucesión de riesgos para
permitirnos un “¿Por qué?”. Asumí la contradicción de la inocencia y la
curiosidad sin darme cuenta, distinguí mi casa, la gente, el cerro, la mugre,
la sombra de la Historia y la luz de la inquietud. Las aves tenían que
descansar del vuelo sobre las ramas del bosque. En reposo previo a extender las
alas las mirlas apartan las bayas de su flor, dan alimento a sus crías, buscan
refugio de la lluvia bajo el cobijo del cerezo y en el espacio entre las gotas.
No solo estamos como acertijos sin respuesta, nos unen las formas como
ajustamos las fronteras de la duda, el vuelo de la investigación no despega sin
vislumbrar el rumbo de la incógnita. La región del Yermo Petizo me obsequió la
esperanza de imaginarme el ruido del río por más lejos que me encuentre.
Di con
un paisaje de pasados vivos, de angustias que calientan como ascuas en el frío
del terreno, escritos a la vanguardia del saber, pero sobre todo de autores
sensibles, hijos de la estepa, de los nevados picos de sus sierras, un gremio
orgulloso de vivir inmortal en las páginas de volúmenes anchos. Empero, en los
estantes de las bóvedas en la biblioteca figura tímida la voz del adalid de
nuestros tiempos: el lamento de un hombre vencido por su voluntad de ser, el
recuerdo de caídas jóvenes y la brevedad de la vida, la pugna por la memoria de
los privados de un instante en el tiempo. Bajo el imponente título de la Pluma
del Yermo obra un escriba universal: la misión de sostener esa reputación no es
una cuestión sencilla, aun así, resulta meritorio el trato hacia él. Aunque a
falta de grandes ciudades y países, el Yermo y su gente son poseídos por la
altivez, sus músicas a pesar de sus escuetas formas brindan melodías que
conmueven sus vientos, los campos desconocen tanto la abundancia como la
escasez, las vidas aspiran a permanecer. La Pluma reside encerrado en la
fortaleza de la Vigía de Fern, la orden de centinelas formados para la defensa
de nuestras fronteras. Entre la Sierra Nevada al norte del Yermo se alzan los
muros grises de la compañía de vigías, dedicados a una vida de aprendizaje y
adecuación del espíritu para una guerra presagiada. Las carcasas de los hombres
en la cima de la sierra son sembradíos de conocimiento, seres letrados
condenados a impartir saberes entre sí, sepulcros de libertad entregados a la
voluntad de la restricción. Entre ellos curiosamente devoto se encuentra
Melías, la Pluma del Yermo. Mi primer encuentro con él fue hace un par de
caídas áureas, en el Valle Calmo de la Vigía de Fern. Vestía un saco verde
grueso de lana y un bombacho rojo que parecía teñir la nieve con su solo brillo.
Me llamó la atención la impropia soledad que le separaba del compañerismo de
los demás vigías, arrastraba las piernas por la nieve y miraba al cielo con las
manos encinchadas como un anciano. Silbaba como las aves, sonreía al escuchar
que ellas le devolvían el saludo y proseguía. Intenté llamarle la atención
preguntándole si sabía el nombre del pájaro con el que estaba platicando,
volteó a mirarme y respondió con el mío. -Tomino, acá hay lugar para ambos- me
dijo, señalando un ruin muro de piedra. Atónito y sin poder hacer caso omiso
tomé asiento junto a él, guardamos silencio mientras las aves dibujaban huellas
en el suelo. -Los antiguos juraban que eran cuervos, pero las mirlas
traicionaron su sabiduría- dijo con la mirada persiguiendo a las aves, esas
mismas que acampan en las ramas del cerezo frente a mi balcón - ¿A qué has venido?
- preguntó, esta vez con sus ojos encontrándome en su rumbo. No encontraba las
palabras para aclarar mis intenciones, no me molesté en balbucear, tan solo me
quedé en silencio. Él colocó su mano en mi hombro y con la tardanza de un
enfermo sacó un tomo pequeño de cubierta azul. Reconocí la obra y su autor, Blanco
de Grefio de Otero Zarco, un poeta exiliado de la Vigía de Fern. La Pluma
sonrió y me indicó con una seña que guardara silencio ya que el volumen estaba
prohibido en la fortaleza. -Lo encontré después de haberme convencido de que no
existía. ¿Quién diría que encontré en su vida forastera un mayor consuelo que
con cualquier otra? - dijo pensativo, cabizbajo, el escritor insigne conmovido
por la diminuta letra de otros tiempos. -Busqué respuestas como tú, pero
envejecí en el intento por no hacerme los interrogantes correctos- concluyó.
Melías,
el hombre detrás de la Pluma del Yermo es contemporáneo mío, pero sus angustias
son de alguien a quien no le queda mucho por delante. Su gracia del augurio no
era cualquier aroma gentil, la pesadez del presagio se postraba sobre él, no
concebía una distinción entre el hecho y su potencia. Las caídas, pardas y
áureas, las ignora pues el tiempo para Melías no pasa ni queda atrás, así como
el río siempre baja de la montaña para regarse en la pradera.
Ese día
caminamos juntos por los pasillos del castillo, el eco de nuestros pasos junto
con el crepitar de las fogatas marcaba el compás de nuestras vidas, le conté de
la mía y de mi intención por estar junto a él. - ¿Cómo escribo? - fue mi tímida
duda, pero una sincera, atravesada por la humildad de estar frente a alguien
como Melías. -Es la más noble de las cuestiones que asedian la mente, porque
asumir que trazar la tinta basta es el primer paso para descender a la equivocación-.
Me tranquilizó cuando reconoció que esa pulla nunca dejaría de presionar porque
es necesaria para nuestro oficio. Para nuestro encuentro yo ya cumplía mis
primeras dos caídas áureas en la Academia de Historia de Bosquegrís, trabajaba
en rescatar las trayectorias de los colonos grises hacia el sudeste, hacia
Yermo Petizo. Perseguir las voces ya habladas no es tarea fácil, y nuestros
métodos de registro me parecían más que incompletos, no apropiados. Decidí
acudir a la voz sin rostro encerrada en la Sierra Nevada del Yermo, al hombre
que sacrificó la plenitud del anonimato por la jaula del reconocimiento.
En
cuerpo y en ausencia de él, Melías abandonó su pueblo natal de Mulas de Arreo,
tierra de criaderos y cultivos, por una vida dedicada a la protección de una
patria ajena, pero una que le brindó las armas del intelecto y el escudo de la
virtud. Al verse recluido entre sabios, libros, saberes y secretos, la Pluma no
vio otro remedio más que sentarse a escribir de algo indescriptible. Los
gruesos folios olvidados del Torreón del Guijarro habían sido escritos por
vigías errantes, miembros de la orden encargados de acompañar las huestes
militares de las guerras de antaño. Los registros de la Vigía y la historia de
este continente de Nivoria formaban un muro imposible de escalar, uno
construido con ladrillos de muertos, de esos “grandes acontecimientos”, de héroes
y contrincantes, de asedios y descubrimientos, con números ridículos y mosaicos
coloridos describiendo los horrores de la mano humana. La Pluma del Yermo retó
a los inalcanzables autores; escribió sobre la vida fuera de la guerra, alejada
de los grandes pueblos, en los márgenes de los mapas que con dificultad
mostraban los asentamientos remotos. Describió con melancolía la ignorancia, el
recuerdo de una vida perturbada por la proclamada luz de la verdad. Cerró sus
ojos y recordó su hogar, al cual tendría que visitar en memorias porque su
lealtad a la Vigía le prohibía abandonar la montaña. Melías de Mulas de Arreo,
la Pluma del Yermo, encaramado en el Torreón del Guijarro gastaba la tinta para
desenterrar a Melías de Mulas de Arreo, el recolector de bayas, recostado en
los trigales esperando a su jinete. Melías inicia su obra “En busca del Jinete”
con este exordio:
‘La brisa del
monte canta su escape cuando recorre los picos de los torreones de la Prisión
de Piedra’. Esta fue la primera oración que navegué completa, escrita por un
poeta hace muchas vidas para luego agraciarme, a un niño descalzo de un pueblo
menor. Aprendí a leer por un jinete oteruno que vigilaba el molino de mi aldea.
Solía descender del oscuro y gigante corcel para sacudirme el cabello y
sentarse junto a mí. Las letras de un cartapacio de cuero que llevaba consigo
cobraban sentido y me arrullaban la cabeza. Antes de cumplir la infancia, el
jinete dejó de asomar y crecí creyéndome inmortal, por encima de los demás. Nuestros
ancestros lograron con astucia lo que el ingenio exterior nunca pudo, sin
embargo para mí, el ser letrado en la cuna de mulas fértiles significaba la
victoria definitiva sobre el destino. Cuando asomaban las caídas y los
calurosos días invadían la noche, crecía un arroyuelo cerca del molino donde
esperaba al oteruno. El Yermo nos acariciaba, y por breves instantes mientras
descansábamos en la orilla me sentía como el resto, de carne. Llegada la noche
permanecía solo, bajo la seguridad de volver a encontrar a aquella figura de
letras, ansiaba fugarme de Mulas de Arreo para juntarme con mis compatriotas
desconocidos y vivir por medio de eternas frases. La Prisión de Piedra de la
cual hablaba el poeta asomaba entre las blancas picas de la Sierra Nevada, una
gris fortaleza descansando sobre la inmortal nieve, pero visible desde mi aldea;
La Vigía de Fern. La intriga por la compañía de la montaña me ahogaba, veía en
la vigía la oportunidad de fuga y procuraba escalar el camino a la fortaleza,
hacerme pasar por peregrino para luego adentrarme como un vigía más. Aprendí
del paso del tiempo, de grandes nombres cuya presencia trascendía el ocaso de
sus vidas, de batallas ingentes, de ciudades de ladrillos que retaban a las
nubes que atravesaban sus azoteas, aprendí a escribir y a mancharme el cubital
de la mano haciendo símbolos. Eran más los días escalando la Sierra qué
aquellos en los que dormía en la aldea. La senda del vigía se manifestó y no
vacilé, entré a los rangos de los paladines de Bosquegrís: había triunfado. La
tinta se convirtió en la sangre que vertía en pergaminos para traerlos a la
vida. Rodearme de los espíritus de guerreros caídos y de países perdidos hizo
de mi mente una cripta desolada, lentamente, como el helaje en el páramo.
En la cima de la
torre corría el canto del invierno, la soledad me abrazaba con su tentador
calor, el tiempo no se apresuraba en correr, pero vivía los días como caídas
enteras. Un día encontré entrando en la buhardilla un plumaje que revoloteaba
entre los muros, me apresuré a distinguirle; sus ojos como dientes de león, el
pico y sus garras brotaban como los naranjos de la Ciudadela de Temaida, el
plumaje de tímido oscuro, el canto desesperado propio de una mirla atrapada.
Pedía auxilio, pero sus angustiados alaridos parecían no bastar. Sumida en su
angustia, resolvió empapar sus zarpas en el tintero para manchar lo manchable,
con ademán tranquilo. Un animal salvaje intentando comunicarse por medio de lo
que observaba: el lenguaje escrito. Las huellas de sus garras encontraron los
folios junto a la tinta y la mirla trazó con timidez, sin apuro. Sin dudarlo,
corrí a cerrar las cortinas de la ventana para encerrar al ave. Le agarré con
ternura sin procurar lastimarle y le separé de una de sus péndolas. La mirla
atónita guardó silencio, sumergí la raíz de la pluma y tracé un nombre: la
bauticé “Helia”. Repetí su nombre y la acercaba al papel manchado de huellas
para que lo distinguiera. En un arrebato de locura -y de carácter muleño- me
convencí de que había vencido el puño de la naturaleza, había enseñado a una
criatura la liberación del habla y la grafía. Convencido de mi hazaña la
dispuse sobre la mesa, le di la espalda para llevarle grano y tan pronto sintió
que el velo de mi mirar ya no la cubría, huyó. Con el vinagre de la arrogancia
cubriéndome el cuerpo me entregué al llanto. La traición de mi imaginación
pronto se convirtió en un anhelo de esperanza, de volverla a encontrar danzando
alrededor del Torreón. Me inspiré para hablar sobre ella, crearla en papel sin
que el escurrir del tiempo se ocupara de su existencia, de platicarle para
aprender del viento y de sus hermanas aladas. Pero era una historia imposible,
una de protagonistas ajenos al diálogo, distintos a los bellos héroes que
blandían sables, sin el éxtasis de la guerra, sin amores pasionales ni ruinas
majestades: Para contar la historia de Helia, el campo, la brisa y sus hermanas
tendría que aprender a volar encerrado, al cerrar los ojos volver a la pradera
de Mulas de Arreo y buscar al jinete para enseñarle ahora a escribir este nuevo
relato.
La
Pluma había encontrado en su Helia un baluarte sobre el cual defender una nueva
forma de relatar. Mi trabajo sobre los colonos requería de este nuevo enfoque,
de una ventana de oportunidad para la mudez de quienes no figuran en
bibliotecas ni estantes. Melías sin embargo permanecía solemne, cómodo con esa Prisión
de Piedra a la que alude Grefio de Otero Zarco, pero con la mente en la
añoranza de otro lugar. Me invitó a pasar la noche en las barracas, más
precisamente en el camarote en el que antaño se hospedó el Melías campesino. El
techo al cual miraba recostado sin tregua lo compartía con el joven labrador
entusiasta del pasado, sin las mismas pesadillas cierto, pero el espacio era el
mismo. Soñé con otros colores el mismo Yermo. Di con el arroyuelo de su relato,
de aguas que no se dejaban sumergir, como si fueran reflejos del cielo mismo.
Espejos sobre espejos. Di con su pueblo, tirado por la tierra por una solitaria
mula escuálida, que padecía la pesadez de halar el mundo con un trozo de soga
muy suelto para arrastrar y muy justo para poder descansar. La mula se detuvo
frente a la inmensidad de un muro que se extendía de término a término. El
viento acarició unos tubos de guadua y silbó una melodía que se confundió con
la realidad de haber despertado. Amaneció en la Vigía, el resplandor de la
nieve rebotaba por las aspilleras del lugar. El murmullo del día silbaba como
las guaduas del sueño, Melías se encontraba en el Valle Calmo, dejando sus
huellas con las de las aves amigas, silbando con ellas, hablándoles de paisajes
que solo conocen quienes surcan algún cielo.
Al día
siguiente me despedí de mi anfitrión, prometiendo regresar con un primer
capítulo de mi escrito en gestación. Bajé la montaña y me dirigí al sur del
Yermo para establecerme en Otero Zarco, el pueblo más grande de esa tierra. Hoy
me convencí de regresar a la Vigía de Fern y de reencontrarme con la Pluma
después de tanto. Estoy sentado junto al balcón de mi habitación y el día se
apaga entre la Sierra Nevada. El llanto de los polluelos oscuros en la copa del
cerezo me hace pensar en Helia, en su danza alada allá donde el sol se esconde.
El Hidalgo teñido del color del fuego no puede reflejar el sonido de las aves
huyendo del anochecer, pero da gusto imaginarme que dentro de ese espejo
violento de agua las mirlas también cantan.
Se siente como tenerte al lado, que es lo más grande a lo que puede aspirar una novela.
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